Un paraíso con nombre de tribu

El camino a Maasai Mara es un golpe seco de realidad que deja cierto sabor agridulce. Es bonito ver que el mayor valor de Kenia está en sus gentes, y cómo hacen toda la vida en la calle sin importar el paso del tiempo. Esto es lo que se ve a cada kilómetro que recorres en cualquier dirección, pero también descubres las precarias condiciones en las que se dan esas escenas diarias.

A medida que bajas al sur, te encuentras cada vez con más rebaños y mantas rojas de cuadros que te dicen que estás entrando en tierras de masais. Es curioso porque la imagen que unx tiene de tribu en la cabeza consiste en grupos de personas que siguen rituales y costumbres ancestrales, pero la realidad te demuestra algo distinto. Lxs masais son gentes que efectivamente visten shukas del mismo color y se dedican principalmente al pastoreo, pero el siglo XXI pasa por (casi) todxs y puedes cruzarte en un pueblo o ciudad con un masai hablando por el móvil.

Sumergidx en tu furgoneta con el resto de turistas, te das cuenta de lo alejadx que te encuentras en ese momento de la tierra que pisas. Dejas de ser un habitante más para convertirte en un símbolo del dolar en movimiento. Al fin y al cabo es lo que somos, turistas con dinero que podemos permitirnos pagar un safari a la carta. Esta imagen está muy alejada del viaje que buscábamos, pero también somos conscientes de que la oportunidad de adentrarse en una reserva como esa no la volveremos a tener al alcance de la mano fácilmente. Es egoísta, por supuesto, pero todo viaje se basa en parte en el egoísmo propio de disfrutar. Al menos eso es lo que queda para no sentirse tan mal.

Entramos al Maasai Mara por Oloololo Gate y una marabunta de mujeres masai nos abordaron con intenciones de vendernos artículos típicos de su cultura, como los shukas o los abalorios de cuentas de vivos colores. Una vez que pasas el control, se abre frente a ti una inmensa sabana de libertad que te sobrecoge, y no tardas en ver a los primeros animales pastando. Impalas, ñus y cebras que invaden todo el parque por su frecuencia sin perder belleza alguna, y aprendes de ellos el sentido de la unidad. Hay 24 horas desde que entras por primera vez hasta que caduque tu entrada y no hay tiempo suficiente para recorrer la reserva entera: tan solo en el lado de Kenia se extiende en más de 1.500 km², pero en esas dos cortas horas del primer día, ya pudimos ver algo que no se encuentra con facilidad: el guepardo. Tan elegante y silencioso.

En esta zona del planeta la noche cae de golpe. A las 18:30h empiezas a disfrutar de uno de los atardeceres más bonitos que hayas visto nunca, y a las 19h ya es noche casi cerrada. Corto pero intenso, nos acostamos con ganas de mucho más, pero no se hizo esperar porque casi no había amanecido y ya estábamos de nuevo con John, nuestro conductor de 71 años con un corazón joven e inmenso, que al volante nos llevó desde Nairobi hasta los caminos del Maasai Mara. Aquel fue un día largo y cansado pero increíble. Una imagen vale más que mil palabras:

la otra cara del Maasai Mara

John es de ese tipo de personas que te transmiten confianza desde el primer momento, que sabes que tiene un alma cálida, pero a la vez parece reservada.

A medida que avanzaban las horas de trayecto, nuestra relación iba mejorando. Hablando de todo un poco, le contamos nuestra idea del viaje y, sorprendido, quiso echarnos una mano para comprar los billetes de tren a Mombasa desde su móvil. La idea era hacerlo a través de M-Pesa (forma de pago con el móvil) con su número de teléfono; solo teníamos que darle el dinero y listo!

Más adelante nos propuso que, en lugar de quedarnos en Sekenani Gate el segundo día, volviésemos con ellxs en la furgoneta hasta Narok y allí ya seguir con nuestro viaje. Lo haríamos sin cobrarnos nada y sin que se enterara la empresa, ya que el acuerdo era dejarnos en esa entrada del parque. La cosa se ponía interesante, solo quedaba solucionar dónde dormir la segunda noche! Cuando llegó ese momento, nos comentó: “He reservado una habitación donde duermo yo, y también me han comentado que podéis acampar en otra zona. La habitación son 1000 kes por persona, pero no sé si será de vuestro gusto”.

Empezaba a llover según nos lo contaba así que no había lugar a duda, nos íbamos con él. Este “hotel” se encuentra alejado de los distintos campsites que usan las empresas de safaris para los clientes,; está situado en un pequeño pueblo/aldea con pocas casas de cemento y chapa, y con calles de arena y barro. Si la gente nos mira en otras zonas, os podéis imaginar lo que les sorprendió ver a dos mzungus en esta parte.

La habitación nos encantó, pequeña pero limpia y acogedora, más incluso que en el campsite del safari. La única “pega” que se le puede poner es que el baño es compartido con todas las habitaciones y tipo búlgaro (agujero en el suelo), pero es más que suficiente!

Para cenar compartimos mesa y cena con John y otro conductor en un porche de la “carnicería” del poblado, un lugar al que nunca entrarías por las condiciones higiénicas del lugar, donde la carne cuelga sin ninguna refrigeración. El menú fue hígado de ternera y pan de molde con las mano; más autóctono imposible. De postre, un té pero al estilo masai, con la leche directamente de la vaca. Esto es el tipo de cosas que te recomiendan o casi prohíben los médicos cuando les cuentas que vas a África.

Aquello ya se parecía más al tipo de viaje que buscábamos. Más cercano, más chocante, más enriquecedor.



3 thoughts on “Un paraíso con nombre de tribu”

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