día 7

DETTIFOSS  –  SELFOSS  –  MÝVATN

Devuelto el coche en el aeropuerto de Egilsstaðir, ya teníamos sitio elegido para soltar el macuto y levantar el dedo. Al poco tiempo de espera, nos subimos a una gran furgoneta camperizada de un señor alemán muy agradable que, después de comparar en el mapa los caminos que seguíamos cada unx, aceptó acercarnos un poco más a nuestro destino, entre charlas sobre sus anteriores viajes a la isla y datos curiosos sobre el país. Realmente no sabíamos dónde íbamos a acabar el día, pero la idea era al menos poder visitar las cascadas Dettifoss y Selfoss.

Vuelta al autostop, estábamos un poco asustadxs porque el cielo se estaba poniendo negro, llevábamos tiempo sin pasar por ninguna zona habitada y el mapa decía que no la habría hasta muchos kilómetros después . . . Estábamos en lo alto de una especie de puerto, en un cruce donde no pasaban apenas coches y con un viento y una temperatura que nos estaban haciendo perder el optimismo. Nos pusimos bien de ropa de abrigo y a cada coche que pasaba le poníamos nuestra mejor cara y le suplicábamos que parase a recoger a estas dos personitas desamparadas! Nos estábamos planteando incluso poner la tienda de campaña y hacer turnos si la cosa seguía así, pero la suerte estaba de nuestra parte y un coche por fin paró.

Fue Patricio, un joven argentino viviendo en Ámsterdam y que estaba de viaje en solitario de retiro espiritual. Se había planteado ir sin ninguna tecnología y sin distracción; lo único que usaba era el GPS del móvil y un cuaderno para escribir. Ni si quiera llevaba un libro para los ratos muertos, decía que esos eran los momentos que aprovecharía para dar rienda suelta a su imaginación y llenar las páginas de su cuaderno. Un tipo curioso, majísimo y atento, que puso todo de su parte para hacer nuestro viaje más sencillo.

Llevaba nuestra misma idea de ir a ver las cascadas aunque él luego se dirigiría hacia el extremo noreste y nosotrxs seguiríamos la Ring Road, pero hasta entonces compartiríamos viaje. No sabíamos muy bien cómo pero de repente nos encontrábamos en una especie de pueblo/aldea con cuatro o cinco casas, un bar y una guesthoure. El encanto lo brindaba el césped de sus tejados! Y a la bonita sorpresa se sumó una cabra tumbada en la entrada del bar, que se levantó y abrió su puerta como si fuese lo más normal del mundo! Lo repetimos por si acaso no ha quedado claro: una cabra abriendo la puerta de un bar para entrar en él.

 

 

De nuevo en la carretera, el cielo negro empezaba a recordarnos que seguíamos en Islandia, donde puede cambiar el tiempo cada 5 minutos, y empezó a llover. Muy fuerte, mucho frío y más viento. Llegamos al parking de las dos cascadas, y con toda la pereza del mundo, nos pusimos los chubasqueros y salimos a la guerra. Los 5 minutos andando hasta Dettifoss se nos hicieron eternos, teníamos muchísimo frío y estábamos ya caladxs. Además hablamos de qué pasaría a partir de ahí: si Patricio seguiría su camino sin nosotrxs o si nos acercaría a la Ring Road para hacérnoslo más fácil. No pudimos apreciar toda la belleza de Detifoss y Selfoss, porque se difuminaban con la lluvia y el viento amainaba sus rugidos, pero igualmente había merecido el esfuerzo llegar hasta allí.

 

 

A la vuelta, Patricio nos preguntó dónde nos venía bien que nos dejara; con ello despejó las dudas, y con el mapa abierto analizamos posibilidades: dejarnos en la Ring Road era la mejor opción para seguir pero con la lluvia iba a ser un suplicio parar algún coche, o podía dejarnos en un camping a un par de kilómetros de la carretera principal y ver cómo evolucionaba el tiempo, para decidir si dormir allí o continuar. Muy a nuestro pesar elegimos la opción del camping.

Llegados al punto donde nos despedimos de nuestro argentino, el panorama era importante. Había dos granjas, un prado amplio con un baño medio al aire libre y una guesthouse. La chica a la que preguntamos nos dijo que el camping era el prado que veíamos –estaba totalmente vacío y mojado-  y dormir dentro de la casa se nos iba mucho, mucho, de precio. Con apuro, a la desesperada, le pedimos que nos dejara pensar en la recepción-comedor mientras nos secábamos un poco. Al final le suplicamos que nos dejase comer nuestra comida allí para después volver a la Ring Road cuando parase de llover, e intentar avanzar. Ella, con una generosidad que no le cabía en el pecho, nos permitió utilizar el camping gas dentro del comedor y usar una mesa porque solo  había una familia koreana muy alegre con la que pudimos charlar un rato. Como agradecimiento, de postre le pedimos a la chica una tarta casera que había hecho y que nos sentó como nunca.

Pilas cargadas y cuerpos secos, había dejado de llover así que echamos a andar hacia la Ring Road. Teníamos 30 minutos de camino por una carretera desértica por la que pasaba un coche cada 10 minutos. Suerte la nuestra que uno de esos coches paró con 3 chicas francesas en él, que se dirigían rumbo oeste como nosotrxs! Entrar dos personas y sus macutos en un coche pequeño con 3 personas más dentro y el maletero lleno . . .  nivel avanzado de Tetris que superamos exitosamente. Decidimos que nos quedaríamos en Mývatn, punto que les pillaba de paso, y de camino empezó a salir el sol así que paramos en lo alto de una montañita donde había unas vistas preciosas del lugar con fumarolas por todos lados. Bendita tierra de aguas termales! Poquito después ya llegábamos al pueblo y nos despedíamos de ellas para meternos directos al camping que se encuentra a orillas del lago.

El sol había salido, había muy buen ambiente en el camping, muchos patos paseaban por el césped . . .  Esta escena nos llenó la vida. Parecía imposible unas horas antes bajo la lluvia y con el frío, que pudiésemos estar así en ese momento. Qué bien se está cuando se está bien 🙂 Ahora unas compritas de comida, una buena cerveza como recompensa y a descansar que al día siguiente tocarían más aventuras.

 

día 8

ALREDEDORES DE MÝVATN

Tocaba tener el campamento base en el lago de Mývatn y recorrer los alrededores de la zona que merecen la pena, así que dejamos macutos en la tienda, cogimos nuestras cámaras y andando!

Lo primero fue acercarnos a ver las termas que están al lado del camping. Desde ahí sale un caminito marcado con hitos de madera que te lleva hasta la cueva termal que Juego de Tronos dio a conocer: Grjótagjá. Desde 1975 no está permitido bañarse porque la temperatura del agua subió hasta más de 50ºC debido a una erupciones volcánicas, pero a pesar de ello merece mucho la pena simplemente visitarla. Sus aguas azules te hipnotizan y podrías quedarte allí mucho tiempo relajadx, pero sé generosx y deja espacio también a la gente que haya esperando, que aunque no mucha, siempre encontrarás a alguien más por la zona. La ruta andando hasta allí es de 15 minutos y no tiene dificultad alguna; en coche también se puede llegar.

Nuestro siguiente destino era el cráter de Hverfjall. Está cerca en línea recta –nosotrxs no nos atrevimos a hacer campo a través por si había alguna grieta que no pudiésemos saltar- pero si vas andando por la carretera, se tarda un rato 1 hora aprox. Hicimos casi todo el camino pero cuando ya nos quedaban unos 15 minutos, nos dio por levantar el dedo a un coche que pasaba y quisieron acercarnos hasta la base del cráter, ya que ellxs también iban a visitarlo. Eran  Sorab Zeenia, una pareja natural de India pero que viven en Nueva York. Ascendimos a Hverfjall superando con ellxs una empinada cuesta no muy larga pero que deja sin aliento. Este gran cráter de arena negra tiene un diámetro de 1km e impresiona verlo al llegar a la cima. Después de dar un paseillo a nuestro aire, y hablar un poco con la pareja, ya íbamos a despedirnos pero resulta que teníamos planes comunes y nos ofrecieron  pasar el día con ellxs!

 

 

En su coche fuimos entonces a Dimmuborgir, una zona con formaciones rocosas creadas por erupciones volcánicas. No estaba en nuestra mente visitarlo y aunque curioso es el sitio, no lo recomendamos mucho a no ser que te sobre tiempo.

Algo alejado está otro cráter, el de Víti. Su agua es de color azul turquesa y es bonito verlo pero no tiene gran cosa.

 

 

Cerca de la zona se encuentra también Hverarönd, que con sus fumarolas y pequeños geysers, es curioso de ver. Aquí fue donde nos despedimos de nuestrxs nuevxs amigxs y para continuar nuestro camino. Teníamos volver a Mývatn que estaba a 1 hora y media andando, así que probamos de nuevo a hacer autostop y al rato paró una pareja joven muy loca y fantástica que nos acercó hasta el camping. Ojalá el trayecto hubiera sido otro, más largo como en anteriores ocasiones, porque nos hicieron reír mucho en poco tiempo.

Era ya tarde e iba a oscurecer, y con todo el ajetreo del día no nos había dado tiempo a comer nada más que unas galletitas saladas, así que de nuevo en el camping, cocinamos algo y nos fuimos a descansar que en poco tocaba levantar el vuelo! 

 

día 9

GODAFOSS  –  HOFSÓS

De nuevo en pie de carretera esperando a algún alma caritativa, 15 minutos tardaron en parar dos amigas francesas. Queríamos llegar a Goðafoss, que aunque parece que te vas a hartar de ver cascadas, no es así. Esta en concreto llama la atención porque, aunque no es muy grande, tienen un azul especial sus aguas y hay islotes en el lateral que puedes ir saltando para acercarte bastante a la caída.

 

 

Hablando con nuestras compañeras de viaje, coincidíamos en nuestro siguiente destino: la piscina de Hofsós. Conocer esto supuso un momento de gran alivio y euforia por una simple razón: Hofsós es un pueblo alejado a 40 minutos en coche de la Ring Road, al que se llega tomando una carretera secundaria por la que no pasa nadie, ya que en el norte de Islandia a partir de Mývatn no hay mucho que visitar. Creíamos que nos costaría bastante tiempo y energía esperar a que alguien nos llevara hasta allí y volver, en caso de que tuviéramos que hacer autostop en la desviación hacia este pueblo norteño. No sabes cuándo la vida te sonreirá durante el viaje, pero que estas chicas fueran también a Hofsós fue uno de esos momentos y estaremos eternamente agradecidxs.

Antes de esto, de camino pasábamos por Akureyri, la ciudad más importante de Islandia después de su capital, pero que para nosotrxs no tenía nada que ofrecer. A sus afueras, paramos a comer en medio de un bonito prado frente al fiordo Eyjafjörður, con una manta por mantel y un pequeño picnic improvisado. Otro bonito recuerdo de nuestro viaje! 

Ya en Hofsós, nos adentramos en LA pisicina: con aguas termales relajantes y unas impresionantes vistas del fiordo Skagafjörður por encontrarse al borde del mar, desde donde con muuucha suerte puedes ver ballenas –la nuestra no daba para más ese día-. Merece la pena y la alegría llegar hasta allí. El viento soplaba y la cara se te quedaba bastante fría, pero buceabas un poco y se compensaba. La piscina grande es templada y la pequeña tiene una temperatura que hace que a los pocos minutos tengas hasta calor y necesites sacar medio cuerpo del agua! Recomendamos que empieces por la grande si hace frío, porque de lo contrario notarás bastante cambio entre una y otra, y no querrás salir de la pequeña. La entrada cuesta 900 kr. / 7€, sin límite de tiempo dentro de su horario de apertura (verano 09:00 – 21:00 / invierno 17:00 – 20:00).  Tiene amplios vestuarios, limpios y bien cuidados. No te imaginas lo bien que sienta una ducha después de un largo baño, a sabiendas de que debes continuar haciendo autostop en una zona tan complicada para ello.

 

 

Nuestras amigas seguían en remojo pero, si queríamos llegar hasta la Ring Road para dormir cerca, nosotrxs debíamos irnos ya. Anduvimos un poco para estar bien posicionadxs y aún así estuvimos casi una hora esperando. Parecía que tendríamos que quedarnos allí a dormir y probar suerte al día siguiente o coger un autobús, pero a lo lejos se acercaba un coche que nos sonaba. Eran de nuevo las amigas francesas que se rieron un poco de nosotrxs con cariño y lástima, y que no solo nos acercaron de nuevo hasta la Ring Road; también nos adelantaron un poco más en el camino. Nunca nos olvidaremos de ellas.

El viaje se iba acabando y debíamos ir aproximándonos a Reykjavik con tiempo para evitar imprevistos, así que nuestro nuevo pueblo dormitorio sería Blönduósbær. El pueblo es pequeñito pero tiene una gran piscina, un skatepark, una cama elástica gigante en el parque, y una iglesia cuanto menos llamativa. De estos pueblos que no sabías ni que existían pero que está bien parar en él. Nos quedábamos sin provisiones, así que nuestra cena se basó en un perrito caliente en una gasolinera; no suena muy apetecible pero qué bien sienta no comer pasta y sopa.

A dormir, que al día siguiente tocaba poner rumbo al oeste!