Un gigante llamado Nablus

Si hay algo que define a Nablus es resistencia. La mayor ciudad cisjordana, con sus más de 2000 años de historia, es hoy una trinchera frente a la invasión sionista. Su arquitectura es un reflejo de todas las influencias que han marcado la cronología de la ciudad, desde la llegada de los romanos, el triunfo del Islam, la época de las Cruzadas, o el período otomano. Sin embargo, buena parte del patrimonio cultural ha sido destruido por los ataques de Israel a lo largo de los años, y no por ello Nablus ha perdido su espíritu humano. 

Tan característico es el bullicio y la afluencia entre sus calles que no pasan más de 15 segundos sin que se oiga el claxon de algún coche. Verídico. Es una ciudad bien conocida por sus jabones de aceite de oliva y por el kanafeh, un pastel de queso fundido con azúcar. Te mueres de lo rico que está! Pasear por el casco viejo de Nablus y su laberíntico mercado supone una agradable experiencia para los sentidos por la variedad de olores, colores y texturas que ofrecen los diferentes puestos.

Esta ciudad nos acogió durante los 3 últimos días de nuestro viaje y contribuyó al bonito recuerdo que nos llevamos de Palestina. Estuvimos con lxs voluntarixs, usuarixs y trabajadorxs de Human Supporters, una asociación que sirve a lxs niñxs y jóvenes de Nablus como herramienta de crecimiento personal y empoderamiento para participar activamente en la sociedad. Se ofrece formación, apoyo psicológico, y actividades de cultura y ocio.

Por este motivo, organizamos 3 talleres para lxs jóvenes que quisieron asistir: mural pintado con sus voces, creación de cuentos sobre sus historias de vida, y taller de clown-risoterapia.

De la mano de su fundador, Wajdi, una tarde recorrimos el centro histórico de Nablus bajo la dureza de las imágenes que nos transmitía en cada rincón. Fueron 3 historias las que más nos marcaron:

  • Nueve activistas reunidos en una casa se escondieron bajo el suelo de la misma ante la inminente ocupación y persecución del ejército sionista. Los militares supieron que había alguien en la habitación por una taza de té que todavía estaba caliente. Abrieron la trampilla del suelo y tiraron bombas de gas lacrimógeno para torturarles deliberadamente, sabiendo que los 9 hombres no tenían escapatoria. Uno de ellos logró huir a través de un agujero en la pared, a otro le encontraron con el cuerpo destrozado y murió en el hospital. Los 7 restantes murieron en el escondite bajo el suelo, pero los paramédicos palestinos no pudieron sacar sus cuerpos enteros ya que al cogerlos se desintegraban en pedazos, pues los militares habían utilizado algún tipo de sustancia química que lograba ese efecto.

  • En 2004 los militares ocuparon las casas de la ciudad vieja de Nablus. Una familia fue obligada a permanecer en una de las habitaciones mientras los militares se hicieron con el resto de su casa, de forma que no les dejaban ni entrar ni salir de la habitación. Los paramédicos les proporcionaban alimento y agua a través de una ventana, pero la familia tenía una prioridad: bolsas de basura para hacer sus necesidades, ya que ni siquiera los militares les permitían ir al baño de su propia casa.

  • Era toque de queda y un niño de 12 años estaba asomado al balcón de su casa. Había militares en la calle de abajo y uno de ellos, sin miramientos, apuntó al niño para dispararle directamente en la cabeza. Su padre salió al balcón para socorrerle pero también le dispararon, así que su madre, analizando la situación, decidió pedir ayuda a gritos desde dentro de la casa. Los paramédicos intentaron entrar pero los militares les impidieron el acceso. En cambio, estos estuvieron 30 minutos dentro y salieron riéndose, como si no valieran ni estuvieran en riesgo dos vidas humanas. Una vez los paramédicos lograron entrar en la casa, ya era tarde para el niño.

En todo el recorrido pudimos ver muchos elementos en reconocimiento y memoria de los mártires palestinos, y se nos ponían los pelos de punta al ser conscientes de que caminábamos sobre un atípico campo de batalla.

Es un recuerdo agridulce el que tenemos de Nablus, por todo el dolor que sabemos que se esconde detrás de cada muro y cada puerta, y por toda la alegría que nos despertó la bondad y la ilusión de su gente.

Para despedirnos de Palestina de la forma más justa por cómo nos trató, todxs lxs miembros del Festiclown llenamos de color y música las calles del centro de Nablus, a través de un pasacalles que arrancó nuestras sonrisas y nos las devolvió desde otras caras, ajenas pero a la vez tan cercanas. Fue un sincero regalo para ellxs y mucho más para nosotrxs.



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