Se acabaron las comodidades y empieza la aventura. Nuestro primer matatu lo cogimos en Narok para dirigirnos a Kisumu, y así dejamos de estar arropadxs por personas algo conocidas para perdernos inocentemente en los pueblos más auténticos de Kenia.

Coger un matatu es una tarea cotidiana y sin dificultad alguna. En Kenia, no. Entrar en una estación de matatus supone sumergirse en un mundo de caos, gritos, aglomeraciones y luchas por demostrarte qué compañía es la mejor. Los “relaciones públicas” son auténticas hienas, intentan por todos medios que montes en una furgoneta de las suyas: todos van directos, todos son cómodos, todos son los más baratos, . . .

Sin saber muy bien cómo, te decides por uno y montas, y las primeras veces solo esperas no haber sido timadx. Prejuiciosxs de nosotrxs, nuestra mayor preocupación era que una vez que montáramos, no nos robaran los macutos, que casi siempre van en la parte detrás del matatu o, si no, atadas en el techo.

Enseguida hicimos migas con el resto de pasajerxs del matatu dirección Kisii para hacer “transbordo” hacia Kisumu. La gente era muy curiosa y se interesaba amablemente por nosotrxs; nos hicieron todo tipo de preguntas y en general, se sorprenden enormemente de que en nuestra cultura no pase nada si no te casas. Les resultaba raro que nosotrxs, por ejemplo, no fuéramos matrimonio y que no tuviéramos intención de casarnos nunca con nadie. Para ellxs, eso es algo inconcebible. Interesadxs también nosotrxs, les preguntamos cosas sobre sus culturas, porque viajábamos junto a dos mujeres de distintos grupos étnicos: una Maasai y otra Luo. Sin ningún tapujo, ellas nos contaron que la mutilación genital femenina ya está prohibida, las mujeres son totalmente libres de elegir a sus maridos y viceversa sin que haya matrimonios concertados, las tareas del hogar son compartidas, y los trabajos no hacen distinción entre sexos. En general, pudimos descubrir gratamente que viven en una sociedad más igualitaria de la imagen que teníamos nosotrxs.

A mitad de camino, sin saber muy bien por qué, nos cambiaron de matatu guiados por un hombre bien vestido que parecía de fiar. Este segundo era más incómodo, más antiguo y más estrecho: tenía solo 15 asientos (sin cinturón) para lxs 20 adultos y 3 niñxs que estábamos ahí metidxs. Una puñetera locura aquello. Sin embargo, es algo a lo que están más que acostumbradxs en Kenia, pues los matatus van recogiendo a gente por el camino. Les paran como si fueran taxis, y el que recauda el dinero y abre-cierra la puerta, mete a la gente sin importar que por asientos ya esté lleno.

KISUMU

Kisumu es la tercera ciudad más importante del país y se encuentra acariciada por el lago Victoria, siendo este el más grande de África y compartido entre Uganda, Tanzania y Kenia. Nada más llegar, nos sorprendimos de la cantidad de gente que había paseando de forma rutinaria entre los puestos ambulantes y los mercados, haciendo negocios o viendo la vida pasar. Es una ciudad con mucho tráfico, así que prepárate para tragar humo y esquivar vehículos que no frenan. Nosotrxs bajamos del matatu cuando ya atardecía y tuvimos que darnos prisa en encontrar dónde pasar la noche. Al día siguiente nos cambiamos a un guesthouse más barato y en mejores condiciones.

Kisumu tiene más de estar que de ver, así que por la mañana decidimos ir en moto-taxi a ver a lxs pescadores en Dunga Bay, un pequeño embarcadero donde se respira calma a tan solo 8 km de la ciudad.

Las mujeres cocinan los pescados en el fuego, los hombres preparan sus barcas de colores y lxs niñxs salen del colegio con la mayor de las sonrisas.

Necesitábamos ya frenar un poco y Kisumu nos lo permitió. Allí pasábamos más desapercibidxs y descubrimos que en parte era por la abundante población hindú que está asentada. Por supuesto que la gente nos miraba, pero no tanto y no eran más insistentes con nosotrxs que con lxs locales.

Viajar con días de sobra para visitar un país te da esa tranquilidad y se agradece mucho. Al fin y al cabo, no hay que dedicarse únicamente a ver cosas relevantes, porque vivir el país a pie de calle llena casi más que visitar sus monumentos.

NYAHURURU

Desde casa habíamos “planificado” una ruta, pero sabíamos que sobre la marcha cambiaría porque nos gusta dejarnos llevar por las situaciones inesperadas. Teníamos pensado ir hasta Kakamega, un pueblo hora y media al norte que a su lado esconde un bosque convertido en parque natural donde hacer rutillas – Kakamega Forest Reserve -. Las excursiones hay que hacerlas con guías por temas de seguridad y salían a las 6h de la mañana, por lo que Kakamega salió de nuestros planes: supondría pasar allí dos noches y no queríamos ir con el tiempo justo. ¿Solución? Nos fuimos en matatu hacia el norte de Nakuru para ver Thomson’s Falls.

 

 

Esta catarata de aguas marrones tan características de África y procedentes de los montes Aberdare, suelta su rugido en los 74 metros de altura que tiene. Hay que pagar 200kes/persona para entrar al recinto. Mientras le hacíamos fotos a la cascada, coincidimos con un gran grupo de kenanixs que, como si no hubieran visto nunca a un mzungu, nos pidieron hacerse fotos con nosotrxs. En grupo e individuales, no pudimos contar cuántas fotos nos hicimos con ellxs de tantas que fueron, y es que estaban tan ilusionadxs que el ambiente no dejaba contener las risas. Parecíamos famosxs!

 

 

Pues bien, Thomson’s Falls se encuentra pegada al pueblo de Nyahururu, donde pasamos una noche relajada porque tuvimos la sensación de que allí todo estaba más ordenado, más tranquilo. Tan tranquilo como para que un camello paseara por la calle sin su dueñx!

 

 

Al día siguiente cogimos una moto-taxi para cruzar el Ecuador, a 8 km de Nyahururu. Nos hacía felices saber que en ese momento estábamos en el centro del planeta, donde se unían ambos hemisferios. Un buen hombre nos mostró el efecto Coriolis con dos palitos colocados en forma de T sobre agua que cae por un agujero: exactamente sobre la línea del Ecuador, no se mueven, pero a 10 metros en el hemisferio Norte giran a la derecha, y en el Sur hacia la izquierda. Tan simple y tan curioso cruzar del Norte al Sur con un solo paso, y que en ese pequeño instante pueda cambiar la física.

 

 

Con las ganas satisfechas, volvimos a  Nyahururu para coger otro matatu al lago Naivasha, donde nos esperaban unas vistas del mismo entre abundante vegetación al cobijo de nuestra tienda de campaña.

Llevábamos ya unos días y empezábamos a entendernos con la gente local, pero había algo que todavía nos superaba: las estaciones de matatus. Cada vez que nos bajábamos de uno, nos envolvían un montón de kenianos; unos para intentar llevarnos a otro matatu y otros para ayudarnos y ver si así se llevaban propina. Es una situación muy estresante pero debemos decir que, aunque sean tan insistentes y agobiantes, no dejan de ser educadxs. Una vez que les dices que no quieres ir a tal sitio o subir a un matatu, que tu destino es “here” o que no necesitas ayuda, muy amablemente lo aceptan con una sonrisa en la cara.